Neruda Comunista

Mario Amorós

Autor de la biografía Neruda. El príncipe de los poetas (Ediciones B-Chile, 624 págs.)

El domingo 8 de julio de 1945, Pablo Neruda y otras personalidades, como el científico Alejandro Lipschutz, el director de la Orquesta Sinfónica de Santiago, Armando Carvajal, la cantante Blanca Hauser, el poeta Juvencio Valle, la poetisa Olga Acevedo, el escritor Nicomedes Guzmán, el director de teatro Pedro de la Barra y la profesora María Marchant ingresaron en el Partido Comunista de Chile, en un acto celebrado en el Teatro Caupolicán que clausuró la XVI Sesión Plenaria de su Comité Central. En las semanas finales de la Segunda Guerra Mundial en Asia, grandes retratos de Stalin, Churchill y Truman vestían el inmenso recinto de la calle San Diego y al fondo del proscenio había un gran cuadro de Luis Emilio Recabarren con la leyenda: “Por la grandeza de Chile”. En el discurso que pronunció en representación de los nuevos militantes, Neruda exaltó las luchas de sus camaradas en China, en Francia, en Yugoslavia, en Brasil, en Alemania, en Argentina, en España y en la Unión Soviética y recordó que una noche otoñal de 1936, en las primeras semanas de la guerra en Madrid, caminaba con Delia del Carril y se encontraron con una patrulla de milicianos comunistas, que les guiaron con sus linternas para que pudieran continuar el camino. “Desde entonces para mí, en la tempestad del mundo que con aquella oscuridad comenzara en España, he buscado la luz de las patrullas comunistas en toda la vasta tierra. El Partido Comunista es esa luz en las tinieblas, que vigila, que rectifica, que dirige y que combate”.  

      Fue en España, a donde llegó como cónsul a fines de mayo de 1934, donde asumió su compromiso revolucionario. En junio de 1935, participó en París en el I Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, organizado por los principales intelectuales franceses. Fue su primera aproximación al movimiento comunista internacional. La sublevación militar contra el Gobierno constitucional de la II República Española, el asesinato de su hermano Federico García Lorca y la heroica resistencia del pueblo español contra la embestida fascista señaló al poeta cuál era su trinchera. Su solidaridad con la República Española alcanzó su cima en 1939, con la expedición del Winnipeg.

      Desde agosto de 1940 a agosto de 1943, se desempeñó como Cónsul General en México. El 23 de noviembre de 1941 EL SIGLO publicó un discurso que pronunció en aquel país con un título sin duda emblemático: “Miro a las puertas de Leningrado como miré a las puertas de Madrid”. El 30 de septiembre de 1942, en un acto de apoyo a la URSS celebrado en el Teatro del Sindicato de Electricistas, leyó por primera vez su “Canto a Stalingrado” y el 29 de enero de 1943, en otro evento similar, su “Nuevo canto de amor a Stalingrado”. En julio de 1949, visitó por primera vez la heroica ciudad a orillas de Volga y allí, en el libro de visitas del Museo de la Defensa, reafirmó: “Nací para cantar a Stalingrado”.  

      En su discurso en el Teatro Caupolicán el 8 de julio de 1945, mencionó a otros escritores comunistas, como Jorge Amado, Nicolás Guillén, Louis Aragon, Iliá Ehrenburg, Rafael Alberti o Raúl González Tuñón, y citó las palabras pronunciadas por Pablo Picasso al ingresar en el Partido Comunista Francés. “Tenía razón Picasso. Puedo decir que estoy entre mis hermanos. Y hay otros hermanos innumerables a quienes saludo hoy con voz profunda de ternura y de sinceridad. Son los militantes obreros del Partido, hermanos de las fábricas y de los oficios, de la pampa y del mar, aguerridos y vibrantes soldados del porvenir de la patria”. “Espero daros más de lo que he heredado, espero daros cuanto tengo, mi vida y mi poesía”.  

      Cumplió su palabra. El poeta fue leal a aquel compromiso a lo largo de toda su vida. Elegido senador en marzo de 1945 por el Norte Grande, junto con Elías Lafertte, en noviembre de 1947 publicó en el diario venezolano El Nacional el extenso artículo que denunció al mundo la traición de González Videla, argumentos que reiteró en enero de 1948 en su célebre discurso “Yo acuso”. Desaforado por la justicia a petición del Ejecutivo, vivió un año clandestino, salió a Argentina a través de la cordillera y reapareció ante el mundo en París, el 25 de abril de 1949, durante el primer Congreso Mundial de Partidarios de la Paz. Allí recibió el abrazo de la humanidad más avanzada: Charles Chaplin, Pablo Picasso, Paul Éluard, Iliá Ehrenburg, Diego Rivera, Lázaro Cárdenas, Jorge Amado, Howard Fast… Desde entonces, Neruda recorrió el mundo como uno de los grandes intelectuales comunistas. La URSS, China, los países socialistas, Italia, Francia, México, Cuba y, ya en los años 60, incluso Inglaterra y Estados Unidos. El 30 de septiembre de 1969 el Comité Central de su Partido lo eligió como candidato presidencial y el poeta recorrió Chile para contribuir a construir la Unidad Popular. El 22 enero de 1970 fue el primero en firmar en el libro de adhesiones a la cuarta candidatura presidencial de Salvador Allende, su “porfiadísimo compañero”.      

      Sus versos de amor y de lucha suscitaron el reconocimiento universal, sentimiento que perdura aún hoy. El 13 de diciembre de 1971, tres días después de recoger el Premio Nobel, en su inolvidable Discurso de Estocolmo proclamó ante el mundo que había llegado hasta allí “con mi poesía y también con mi bandera”. Y expresó su fe en la profecía formulada un siglo antes por Arthur Rimbaud: “Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres…”.

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