Medidas de cuidado psicológico de equipos que trabajan en salud en el contexto de la pandemia de Covid-19 en Chile

Hallazgos

Durante las entrevistas de manera invariable, todos siguieron un mismo derrotero: la pregunta que les formulé era ¿Cómo ha sido su experiencia emocional en el tratamiento de sus pacientes en el contexto de esta pandemia? Todos, sin excepción comenzaron hablando de su trabajo, de los procedimientos, las distinciones en sus funciones, sus responsabilidades, etc. Esa apertura o gambito se verifica en todos los registros. Este primer “movimiento” incluyó en todos, negar, invisibilizar o al menos desconocer cualquier efecto relacionado con preocupaciones, angustias, tristeza o ansiedad en primera instancia.
No obstante lo anterior, transcurridos unos momentos de la entrevistas todos manifestaban algún efecto emocional relacionado con su trabajo; aunque su contenido podía variar ampliamente: temores por contagiarse o contagiar a la familia; preocupación por que las autoridades no parecen percibir la verdadera gravedad de la situación, hastío y cansancio por los constantes cambios de ropa y medidas de asepsia; angustia por no poder ver a sus padres.
Y luego pasaban a lo que a un tercer momento verdaderamente emotivo y humanamente mucho más conmovedor: no poder abrazar a sus colegas, no poder besarse. Una médica se lamentaba por haber decidido no usar más sus ropas bonitas y andar con buzos y sin cartera “y ni hablar de maquillajes”. Otra de cómo rompió en llanto cuando recibió su examen de covid positivo llena de culpa por haber contagiado a su hijo lactante.
Uno de ellos me hablaba de lo que sentía al tener que saludar a sus padres ancianos a través de la reja y otra de la angustia y la pena por no poder visitar a su padre afectado por una demencia mixta.
Otra trataba de expresar lo que significaba sentirse expuesta a algunas de las experiencias de mayor riesgo de contagio (al intubar) y al mismo tiempo del calor de la sala que debía soportar “envuelta en una bolsa de basura y mirando a través de una pantalla de plástico que no te deja ver bien”.
En resumen, ninguno de los entrevistados verificaba, al cabo de unos minutos ser inmune a los efectos emocionales de su trabajo, pero ninguno de ellos los expresaba directamente cuando se les preguntaba por esto en primera instancia. En este sentido se puede concluir que: no cuentan con una plena conciencia del efecto acumulativo y tóxico que la situación a la que se exponen les está provocando y , por otro lado, están disponiendo de sus recursos psicológicos defensivos obsesivos-intelectualizadores, lo que a primera vista parece resultarles efectivo en el desempeño de sus trabajos bajo las actuales condiciones.
Estas defensas, no obstante, tendían a fracasar cuando la infección atacaba directamente a uno de sus colegas o familiares; es decir, cuando la distancia entre los otros (afectados) y un “nosotros” sanos y tratantes se desdibujaba o acortaba esta distancia imaginaria. Una de ellas hablaba con dolor de su colega internado en la UTI y con pocas probabilidades de sobrevivir.
A pesar que, como hemos dicho, el relato seguía secuencias similares a lo que se ha descrito como “relatos paralelos” donde, por un carril van los acontecimientos y por el otro los padecimientos sin que los involucrados asocien espontáneamente o de manera directa este hecho, al consultarles si creían que podría haber alguna relación entre sus cambios de humor, insomnio, aumento en el consumo de alcohol o de alimentos, todos lograban con facilidad reestablecer concientemente esas vinculaciones. Y en muchos casos, sólo había que esperar y permitir que continuaran con sus relatos para que ellos mismos hicieran las asociaciones correspondientes.
Lo anterior, sin pretenderlo originalmente, conseguía aportar un cierto alivio que la mayoría de los entrevistados agradeció: haber podido hablar con alguien de sus sentimientos y que fuese “externo” al servicio era un factor relevante.
Luego de entrevistar a enfermeras (de urgencia general, y UCI), técnicos en enfermería de nivel superior (TENS), urgenciólogos, médicos familiares, anestesistas; tanto de Santiago como del sur de Chile, en ningún centro público o privado de salud se conocían estas medidas ni se habían implementado.
No obstante en casi todos ellos se les había informado de la existencia de psicólogos disponibles para realizar consultas individuales y en uno de ellos, el servicio de psiquiatría del mismo hospital había puesto a disposición de los funcionarios sus servicios.
En unos pocos casos, de enfermeras y TENS habían experimentado un aumento significativo de su estrés que ellos relacionaban con que sus jefaturas los habían redestinado a servicios diferentes donde realizaban normalmente su trabajo. Esto había implicado atrasos y disminución de su eficiencia ya que desconocían el entorno y los procedimientos rutinarios a los que sus colegas “locales” estaban acostumbrados. Lo que todos ellos destacan es que haberse sentido separados de las personas con quienes sienten confianza y apego emocional, aumentaba significativamente su estrés. No solo su entorno invisibilizaba absolutamente estas consideraciones “psicológicas” sino que los propios afectados daban a entender que nunca habrían podido expresar estos sentimientos de una manera legitimada por su entorno.

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