Apoyo a profesores que realizan docencia en contexto de la Pandemia de COVID-19

¿Y QUÉ MÁS PODEMOS APORTAR?

Entreguemos algo: al final de la clase, tal vez una receta de infusiones que ayudan a conciliar el sueño; un poema que hable de trabajo humano y confianza si hacemos literatura; o de cómo otras culturas supieron superar sus propias pandemias muchos años antes del advenimiento de la ciencia.
Por ejemplo: recopilar relatos de la epidemia de tifus, de viruela y de “gripe española” en nuestro propio país puede que nos ayude a recobrar nuestra memoria histórica y nos permita comprender la importancia de tener un sistema público de salud fuerte y eficiente, si en realidad queremos hacer que el discurso de igualdad en el acceso a la salud sea una realidad y no sólo palabras huecas.

¿Y LA PERSONA DEL PROFESOR?

Las personas que deben postergar sus propias necesidades para ayudar o contener a otros pueden experimentar las mismas preocupaciones que sus semejantes (preocupación por el contagio, la continuidad en el empleo, las limitaciones en el desplazamiento), pero también sufren los problemas producto del conflicto de roles (por ejemplo, ser padres, pero tener que dejar a sus hijos para atender a otros). Quienes deben cuidar a otros (profesores, trabajadores sociales, funcionarios de salud, psicólogos) pueden sentir que resulta inapropiado conectarse con sus sentimientos de angustia y sus necesidades de ser escuchados y atendidos, en la medida en que pudieran resultar contradictorios con el desempeño de su rol.
Debido a esto podrían estar más expuestos a desarrollar trastornos de estrés post traumáticos de inicio tardío. Es decir, se mantienen en funcionamiento postergando sus propios temores y necesidades hasta que estos se presentan de manera inesperada a veces adoptando formas emocionales o físicas difíciles de relacionar con los hechos que las desencadenaron hace varios meses atrás.
Conocí en Chañaral el caso de un padre e hijo; ambos bomberos que participaban de labores de rescate en el gran aluvión que sufrió la región el 2015. Al tercer día de estar trabajando día y noche, su comandante les dio la orden de retirarse a sus casas a descansar. Hubo que obligarlos. Al llegar a casa refunfuñando y declarando enojados que no se sentían cansados ni con hambre, ambos se tendieron un momento; se quedaron dormidos y permanecieron durmieron los siguientes dos días. Sencillamente habían perdido la noción de cansancio frente a la emergencia y la necesidad de apoyar a otros.
Pueden aparecer trastornos del sueño y otros síntomas psico-físicos aun años después de haber participado en labores de asistencia y contención.
En todo caso debemos tener presente que la mayoría de estos síntomas constituyen respuestas “normales” ante una situación “anormal” y no son constitutivos de patología, salvo que su intensidad o frecuencia interfiera con nuestra vida cotidiana o nos dificulte realizar nuestro trabajo.
De hecho, sería verdaderamente extraño sentirnos relajados y felices en medio de una pandemia como la que estamos viviendo. Por lo mismo, manifestar cierto grado de preocupación derivada de la incertidumbre, resulta totalmente “normal”.
Si tomamos conciencia de estos fenómenos y adoptamos las medidas apropiadas de autocuidado, podemos evitar o mitigar estas consecuencias.
Saber disponer de un espacio de contención y descarga de nuestras propias angustias, encontrar apoyo emocional necesario; saber construir espacios de recreación que limiten el trabajo como un imperativo moral legítimo (manteniendo a raya el “sentimiento de culpa del sobreviviente”), constituyen medidas cruciales y necesarias para aliviar nuestra carga afectiva.
En resumen, debemos ocuparnos de nosotros mismos y comprender que esto impactará biunívocamente en nuestra función docente: si estoy bien, llegaré mejor a mis alumnos; pero sus angustias y las de mi propio entorno tendrán efecto en mí mismo como persona y debo tomar las medidas de prevención ahora, si no quiero exponerme a experimentar derrumbes en un tiempo más.

¿QUÉ PUEDO HACER?

Realizar pausas de trabajo manual alternando el trabajo intelectual: colgar o guardar ropa, trabajar en la huerta o el jardín, tejer o hacer trabajos de reparación en casa nos ayudará a descargar tensiones, cambiar de ambiente y recrearnos. Caminar, idealmente si es por al menos veinte minutos y a paso exigido.
Aprender a parar: encontrar un momento en que dejemos de pensar. Poder descansar significa aprender a detener por un instante el pensamiento. Muchas veces nos tendemos, pero con el celular en la mano o una revista o comenzamos a pensar en qué voy a hacer mañana o qué voy a hacer de comer. Detenerse significa aprender a vaciar de pensamientos nuestra mente. Imaginen que esos pensamientos suben a una nube y ustedes contemplan como se alejan. No será fácil al principio, pero todo viaje comienza con un primer paso.
Les envío un mensaje de aliento, fraternal y de esperanza a todos quienes compartimos esta pasión por la enseñanza.

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