Apoyo a profesores que realizan docencia en contexto de la Pandemia de COVID-19

¿QUÉ PODEMOS HACER?

Reducir nuestras metas y objetivos pedagógicos. Se abarcará menos y tal vez con menor profundidad.
Tratemos de estar cerca de los contenidos que son naturalmente objeto de atención: si su ramo es biología, estudiar el Covid-19; si su ramo es historia, ¿cómo han reaccionado las sociedades ante pandemias? Si su tema es la educación cívica o la política, analizar las medidas de salud pública y los efectos en el manejo de diferentes gobiernos y sus resultados.
Si su tema es la sociología ¿qué ocurre con la xenofobia, los linchamientos y la estigmatización social de algunos trabajadores de salud mientras se los alaba por redes sociales al mismo tiempo?
Si su tema es matemáticas: ¿podemos hacer estimaciones, modelos matemáticos de propagación y por tanto sugerencias de manejo social de la enfermedad?

¿PERO CUÁLES SON LAS CONDICIONES O REQUISITOS PARA QUE ESTO SEA POSIBLE?

Al menos dos fundamentales: catarsis (permitir la expresión y descarga emocional) y flexibilidad (en la elección del método educativo y de los contenidos).
La mitad de la clase, al menos, deberá destinarse a facilitar que los alumnos hablen de sus preocupaciones reales, las de sus familias, las angustias propias y de los otros. Permitir que pongan en palabras lo que está a nivel de sensación corporal, porque eso es lo que permite tramitar, pensar y lograr asociaciones de mejor nivel que pueden ayudar a disminuir la sensación ansiosa distractora.
Y para esto es mejor emplear técnicas grupales gráficas: collage, dibujo, caricatura o simplemente la discusión en grupo pequeño a partir de una pregunta simple que sirva de apertura: “compartan con sus compañeros cómo se han sentido esta semana y cuáles son sus principales preocupaciones”. Las plataformas de internet permiten trabajar con grupos más reducidos paralelamente.
La asamblea online (a través de zoom, blackboard, hankook) puede servir si el grupo total es reducido y existe confianza; pero en grupos grandes, suele inhibir la participación.
Todo esto es posible si disponemos de la flexibilidad curricular y de la autonomía docente para adecuar nuestros métodos con criterio.
El tiempo que debamos destinar a esta descarga variará según sea el grado de interferencia que observemos en nuestros estudiantes: a mayor dificultad de concentración y aprendizaje, mayor espacio tendremos que destinar a la expresión de sus preocupaciones. También, esto suele evolucionar de tal manera que, en la medida que dediquemos tiempo y espacio a la elaboración de ellas, los propios alumnos pedirán ir pasando a otros temas e indicando que ya fue suficiente.
Puede ser redundante, pero para que esto se logre es fundamental que el docente pueda contener su propia ansiedad y permita que sus alumnos hablen. Dado que no es su función y que en rigor no tendría por qué hacerlo o, si no se siente preparado, puede solicitar ayuda online. Pero si sus estudiantes se encuentran más tranquilos, su actividad pedagógica fluirá, y el mismo educador se verá favorecido.
Tal vez valga la pena recordar que en una población normal solo una minoría (menos del cinco por ciento) se verá severamente impedida de continuar con el trabajo y requerirá de ayuda profesional. La mayoría se normalizará en la medida en que las condiciones recuperen su curso habitual.

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