Apoyo a profesores que realizan docencia en contexto de la Pandemia de COVID-19

VISIÓN DE TÚNEL O “ESTRECHAMIENTO CREPUSCULAR DE LA CONCIENCIA”.

Ante amenazas o emergencias tales como las derivadas de un accidente, un asalto o un incendio, nuestra configuración mental cambia: se reduce la amplitud de los aspectos abarcados por nuestra atención y se focaliza nuestra conciencia en unos pocos elementos muy coloreados emocionalmente.
Las consecuencias de esto son:
a. Disminución de los tiempos de concentración: si antes podíamos atender a un trabajo o actividad por horas, ahora nuestra concentración alcanzará a los veinte minutos más o menos; nos pondremos de pie y haremos otra actividad: visitas al refrigerador (por ejemplo).
b. Interferencia de nuestro pensamiento: experimentaremos distracciones habituales relacionadas con asuntos cotidianos o con preocupaciones relacionadas con el contexto de incertezas.
c. Disminución de nuestra producción en general.
d. Sensación de cansancio permanente, así como de experimentar cansancio con actividades que antes realizábamos con menor esfuerzo. Lo anterior se presenta relacionado con otros síntomas ansiosos: dolores musculares, de cabeza, insomnio, trastornos del apetito, entre otros.
e. Pérdida de interés por asuntos que antes nos interesaban y de la capacidad de disfrutar con cosas o actividades que antes nos producían placer.
f. Puede aparecer disminución del apetito sexual.
g. Problemas de memoria: disminución de la capacidad de incorporar información nueva y puede aparecer una merma en la velocidad de evocación de contenidos antiguos, así como de lentificación en la capacidad asociativa.

¿OK, PERO CÓMO PONER ESTO EN PRÁCTICA?

Si comprendemos que nuestros alumnos se encuentran bajo una modalidad de funcionamiento mental que responde a otra configuración y que de modo general podemos llamar “configuración de crisis” se nos hará más evidente que sus maneras de procesar la información y de disposición psicológica, ha cambiado.
En términos generales, esa disposición es coherente con la experimentación de una amenaza: nuestra atención se focaliza en la fuente de esa amenaza y nuestro organismo y energía pasa a privilegiar la actividad muscular ya sea para la defensa-ataque o para la huida.
Todo lo anterior dispara una serie de reacciones que aumentan en lo fisiológico la presión arterial, la disponibilidad de azúcar en la sangre para la actividad muscular, la producción de cortisol, la secreción de adrenalina, la disminución de la sensación de dolor y la disposición a responder de manera refleja lo más rápidamente posible.
En épocas anteriores de nuestra evolución, todo aquello resultaba adaptativo: la disposición de fuerza, focalización y velocidad, probablemente nos salvó la vida como especie y nos dispuso de la mejor manera posible para la batalla. Aún hoy en día al enfrentar accidentes o imprevistos, nos sorprendemos de leer casos en la prensa en que personas han podido realizar proezas tales como sortear obstáculos que no habrían podido normalmente o de personas que han podido levantar grandes pesos o soportar golpes o temperaturas extremas con tal de salvar a un ser querido.
Pero esta amenaza es distinta, no la podemos ver y su presencia es permanente. No tuvo una aparición concreta sino insidiosa. Su rostro aún es ambiguo y no conocemos con claridad sus verdaderos alcances.
Entonces, las medidas que pudieron haber sido muy apropiadas para enfrentar una amenaza puntual, acaban por someter a nuestro organismo a un funcionamiento de “pie forzado” causando agotamiento. De una manera similar ocurriría si, mantuviésemos acelerado un motor por tiempo indefinido: acabaría dando señales de desgaste y si las condiciones no cambian, podría terminar fundiéndose.

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