Apoyo a profesores que realizan docencia en contexto de la Pandemia de COVID-19

Joseph Bandet Rivera. Psicólogo, psicoanalista
Magíster en psicología Clínica
Doctor en psicoanálisis.

HACER CLASES SE HA CONVERTIDO EN UN VERDADERO DESAFÍO:

Si el hacinamiento, la presión por abarcar grandes contenidos y los medios precarios ya eran un verdadero inconveniente para los logros educativos, ahora la brecha tecnológica que evidencia la marginación de varios de nuestros alumnos, la preocupación por el contagio y las inseguridades económicas hacen aún más difícil el ejercicio de nuestro trabajo como educadores.
Profesores de educación básica, media, universitaria y diferencial se esfuerzan por avanzar en sus currículos innovando, intentando sortear la distancia y los inconvenientes derivados de la falta de contacto personal con alumnos y colegas.
En estas páginas propondré algunas explicaciones y aportar sugerencias que ayuden a construir experiencias educativas más inclusivas, flexibles y satisfactorias en sus resultados, tanto para alumnos como para profesores.
Claramente cualquier aproximación por sí sola, ya sea desde la sociología, la filosofía, la neurología o la política no serán suficientes para abarcar este fenómeno humano tan complejo. Esta aproximación psicológica no es la excepción. Básicamente busca realizar un aporte que ha mostrado ser de utilidad en algunas circunstancias relacionadas con la educación en contextos de crisis.

EDUCAR EN CONTEXTOS DE CRISIS

Sus estudiantes están con la cabeza en otra parte. No encuentro una manera más concreta y directa de plantearlo. A partir de esto se puede desmenuzar y tal vez comprender todo lo demás.
¿En qué parte sería esa? No es fácil decirlo: por un lado, existe incertidumbre y aquello no constituye un lugar concreto, produce una especie de distracción permanente en búsqueda de una respuesta que no se encuentra. Algunos autores lo denominan “expectación ansiosa”.
Nuestro funcionamiento psicológico normal requiere de certezas y confianzas para desarrollar las labores cognitivas (de reflexión, memoria y aprendizaje) de forma óptima; si por el contrario, enfrenta irregularidades, experimenta desconfianzas; abandona esas funciones “superiores” y dirige sus recursos perceptuales hacia “afuera”, hacia su realidad concreta. Explora su entorno con duda y lo vivencia como disconfort. Pensemos en subir la escala de un edificio que tiene algunos peldaños irregulares: mientras el ascenso se desarrolle por peldaños regulares, podremos ir
conversando, pensando en las tareas del día o hasta resolviendo la receta del almuerzo; pero si los peldaños mantienen alturas irregulares, pasaremos bruscamente a concentrarnos en el movimiento de nuestros pies, buscaremos instintivamente el pasamanos y dejaremos de lado la actividad mental en la que nos encontrábamos tan confiados.
En resumen, para poder dedicarnos a labores mentales superiores, requerimos de ciertas normalidades y certezas. Por el contrario, en circunstancias de sobresalto o emergencia, nuestro funcionamiento psicológico cambia de manera importante y comprender esas diferencias puede ayudarnos a entender el contexto en que ahora intentamos desarrollar nuestra tarea como educadores.
Paradojalmente, muchas de esas certezas son ilusiones de control de nuestro entorno o al menos de estabilidad. Digo ilusorias, porque mantienen alejada de nuestra percepción consciente nuestra propia vulnerabilidad, la fragilidad de la vida y la tremenda dependencia que tenemos de los otros.
Es precisamente durante los períodos de crisis que estas vulnerabilidades se nos hacen más patentes y las experimentamos como ansiedad.

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